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Una vida medida en gramos

slum-nairobi-socialEl sida irrumpe en Africa y la lucha por la supervivencia impone una disciplina que no perdona.

Nairobi, Kenya

Una botella de gomina “Dark and Lovely” en la mano, Kamssim Issa empuja su cuerpo calle abajo de uno de los slums más grandes de Nairobi, sacándose unos céntimos en los salones como Mama Washington y otros.

Para Issa, Dark and Lovely es la vida.  Su beneficio de 20 céntimos por botella le paga la inyección para calmar los dolores que le producen su enfermedad, el Sida.  Dos botellas  le pagan una visita al hospital.  Y si vende 10 puede hacerse una radiografía del pecho.

“Lucho cada día por estar vivo, dice Issa, un día más que vivo, eso que gano”.

Ganar significa otro día de decisiones difíciles por hacer, una cena de verdura amarga o la medicación.   Issa puede o la una o la otra, pero no las dos.  Sin la comida apropiada y las drogas es difícil encontrar un trabajo.  Además de eso, las drogas que le hacen más fuerte también le dan más ganas de comer comida que no puede permitirse… Leer el resto de la entrada »

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UNED Madrid. Reapertura de la biblioteca de Escuelas Pías

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A partir del Lunes 19 de Abril se reabre la biblioteca de UNED Escuelas Pías tras las obras de remodelación que se han realizado. A las alumnas y que no pudimos disfrutar de la cercanía que nos ofrece al lugar de exámenes durante el primer cuatrimestre nos alegra esta noticia, ya que la alternativa ofrecida por el centro escuelas pías, disponer de una de las clases en el centro, aunque es de agradecer no era demasiado cómoda para el estudio y concentración del alumnado.

Ahora para celebrarlo, un poquito de historia sobre la biblioteca:

Escuelas Pías en la calle Sombrerete, 15, fue el primer colegio que hubo en Madrid de la orden de los Escolapios que fue destruido por un incendio durante  la guerra civil.Según me contó un hombre mayor que pasaba por allí: -cuando estalló la guerra civil y Madrid se revolucionó, “los rojos” quemaron la iglesia porque “los curas y franquistas” se subieron al campanario y ventanas a disparar a el que pasaba- no sé si será cierto lo que este abuelillo me contó o mas bien fue destruida por los bombardeos en el asedio a Madrid durante el “no pasaran”, pero el caso es que me dio tipo de explicaciones y lo vivía como si fuera verídico.
Se fundó en 1729 por el padre Juan García de la Concepción, con el objetivo de dar educación a los niños pobres poniendo en funcionamiento la primera escuela de sordomudos. Las ruinas que se observan actualmente pertenecen a la iglesia del colegio que fue construida entre 1763 y 1791.
Actualmente es la Biblioteca Escuelas Pías (UNED, Universidad Nacional de Educación a Distancia).
Crédito de la fotografía: Paseo por el corazón de Lavapiés

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Formación gratuíta en Barcelona por el CEESC

Gracias a nuestra compañera maravedi a través de nuestro foro uned, nos enteramos de estos interesantes curso en Barna organizados por  el Colegio de Educadoras y Educadores Sociales, aunque pronto tenemos exámenes en UNED seguro que os serán de utilidad, dadle un vistazo:

En el CEESC, en el Colegio de educadoras y educadores sociales hay varios cursos y charlas gratuitos:

Por ejemplo la charla sobre trabajo en red y sus usos en educación, salud mental y servicios sociales http://chuta.org/47341b

O una charla sobre los adolescentes singulares y educación marginal http://chuta.org/977dd8

Hay otras charlas en GErona, en Tarragona y en Lleida. En cada una te dan un título acreditativo de haber asisitido a la jornada formativa.

Además ahora empiezan los cursos subvencionados para trabajadores en activo, que no trabajen en ninguna administración pública. Tienen una duración de 20 horas y son completamente gratuitos. Vienen subvencionados por el Fondo Social Europeo http://www.ceesc.cat/component/option,com_jcalpro/Itemid,59/extmode,view/extid,360/

Todos son bajo inscripción previa

Un saludo y espero que la información os sea provechosa

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Mar profundo

foto de slumsBolsas de plástico, anudadas, abandonadas en toda la ciudad de chabolas (slum) ya entrada la noche.  Cuelgan de los tejados de hojalata, están metidas entre las paredes de barro, recorriendo la ladera del “slum” con más basura, se amontonan con otras bolsas de plástico y se empotran en el suelo.

Después de 33 años en esta ciudad de chabolas conocida como Mar profundo (“Deep sea”), Cecilia Wahu apenas nota “las bolsas”.  Se llaman “váteres voladores” y es porque no hay baños por lo que el mundo tira unas cuantas al día.   “Mi sueño, antes de morir, es vivir en una casa de verdad, no en esto, dice Wahu, de 66 años, tiene reuma en sus ojos y le faltan dientes. “Sería pequeña pero ha de tener una cocina bonita, una cama de verdad y su propio baño”.

Este es su sueño.  Su realidad es una casa de barro de 3×3 metros.

La supervivencia en Mar profundo consiste en estar alejado de la corriente interminable de basura y desperdicio.  lo que separa a Wahu de la suciedad del suelo son delgadas puertas y el convencimiento obstinado de que este lugar es un vecindario.  Alrededor de 1.500 personas viven hacinadas en esta trinchera de cuatro acres.  Todos viven con menos de 1$ al día y esto es el mejor refugio que pueden permitirse.

Hay una fuente de agua, un baño y no hay electricidad.  Las casas son pequeñas, de hojalata y barro rojo mantenidas con palos que se caen el tiempo al río Gitathuru ladera abajo.

Las lluvias tropicales se comen las paredes.  Las bandas de ladrones les amenazan con irrumpir en las casas a menos que les paguen por protegerles.  Los vecinos ricos al otro lado del río piden al gobierno que desalojen estas tierras para despejar la colina.

El futuro de África está destinado a estos lugares, las ciudades de chabolas.  La gente de las zonas rurales en busca de trabajo, medicina y un futuro mejor emigran a las ciudades del África sub-sahariana.  Son las ciudades con mayor crecimiento del mundo.  Estudios realizados por Naciones Unidas calcula que en el 2020, estas zonas urbanas serán la casa de 550 millones de personas.

En los “slums” de Nairobi, más de la mitad de los 3 millones de personas viven en estas ciudades de chabolas, en un 5% de la tierra, son los primeros en llegar pero no los últimos.  A pesar de las  pésimas condiciones de vida, la mayoría de la gente paga por vivir aquí.  A medida que  los “slums” se hacen más y más populosos, la tierra se hace más cara.  Una red de líderes tribales, oficiales del gobierno y otros dueños de la tierra hacen negocio de esto.

De acuerdo con una investigación realizada por las Naciones Unidas, el 57% de los beneficios de los “slums” de Nairobi están en manos de políticos y funcionarios del gobierno y las casitas de barro y aluminio son lo más beneficioso de la ciudad.  Un dueño de una propiedad en un “slum” que paga 160$ por 30 metros cuadrados, recupera su inversión en unos meses.  “La gente pelea, se matan por un espacio” dice Wahu.  “No es el techo sobre tu cabeza, es que el mundo quiere lo mismo”.

La zona más exclusiva de la capital keniana está sólo al otro lado del río.  Se llama Muthaiga y es donde viven los embajadores, hombres de negocios y el Presidente keniano Mwai Kibaki.

La música congolesa lingala suena estruendosa en “mar profundo” y resuena al otro lado del río, donde habita el esplendor y la soledad de los ricos.

“Hacen ruido para molestar” dice un residente de toda la vida de  Muthaiga,  “los sacaremos a toda costa”.  Pero por mucho que protesten, los residentes de Muthaiga necesitan a los habitantes de “mar profundo” por la mano de obra barata que les proporciona.  Desde las cocinas hasta los jardines de Muthaiga donde trabajan, los habitantes del slum ven las plantaciones de café, el bosque y a los monos columpiarse en las verjas y en los jardines.   Es un contraste fuerte con “mar profundo”, que no tiene vegetación alguna y está regado de basura.

Wahu y su familia llegaron a Nairobi en 1970 y se establecieron en esta tierra, donde nadie quería estar.  Un pariente los echó del pedazo de tierra que habitaban en una plantación de café a 40 km de Nairobi.  Una mañana el marido de Wahu fue a buscar trabajo y nunca más volvió, dejándola sola con sus cinco hijos.  Ella encontró un trabajo de cocinera, tres comidas al día para una pareja india, cuidando a sus cuatro hijos y limpiando la casa.  La paga era de 5$ al mes.

Wahu y sus vecinos llamaron a esta colección de chabolas “muchathaini” que significa “cosa amarga” en kikuyu, después de comer una planta que encontraron en el suelo con este sabor.  Años después, un niño se calló por la ladera y se ahogó en el río de “mar profundo”.  El “slum” desde entonces ha crecido hasta tener 550 estructuras, tan cerca las unas de las otras que parecen una.  Wahu demasiado vieja para trabajar de empleada de la casa o cuidando niños gana 20 céntimos de dólar lavando papas y pelando judías en un mercado cercano.

Wahu ha visto a muchas familias que vienen y se van a los pocos años.  Algunos vencidos por el precio de la renta y el crimen, se vuelven al pueblo.  Muchos, como ella, se quedan.

Unas cuantas puertas más allá de la casita de Wahu, Joseph Mutua se ata los cordones de sus zapatos, preparándose para cuidar del vecindario.  Una iglesia local le paga unos 35$ mensuales para vigilar a los ladrones que merodean el vecindario, trabaja de “askari” o guarda nocturno.   Mutua de 49 años, paga 10$ mensuales por un espacio de 3×3 metros, el típico tamaño de las chabolas de “mar profundo”.  Vive con su mujer Stella y sus siete hijos.  El lugar es deprimente y está hecho polvo, pero cuando Mutua cobra su salario, va corriendo a pagar su renta.  Ha visto como el pago de la mitad o el retraso en el pago de la renta puede llevar a un giro inesperado y la evicción violenta de la chabola.

“Los dueños de las chabolas te echan sin pensarlo dos veces, son muchos los que hacen cola por una” dice Mutua.  Por la noche, Mutua y su mujer con su bebé, Benson, que duerme en un pedazo de colchón en una esquina de la habitación.  Los otros niños duermen hombro con hombro sobre unos cartones rotos.  Fotos de la estrella de rap Eminem, y el jugador brasileño Ronaldo y Jesús están plastificadas sobre las paredes de barro.  Cuando llueve, el agua se filtra por las paredes.

Comparados con sus vecinos, los Mutua viven bien, Joseph, que gana más que la media de los vecinos, algunas veces les pide a los niños que no vayan al colegio para buscarse trabajos esporádicos.  Como consecuencia de esto, en unos meses pueden ahorrar unos dólares para poder usar la única fuente de agua que la Iglesia católica ha instalado cerca de la entrada de “mar profundo”.  Para usar el baño, Mutua paga a la Iglesia otro dólar mensual.  El baño está en la cima de una colina en una casita de madera.  La construcción tiene el suelo de cemento y las paredes pintadas de color pistacho, es el lugar mejor construido de “mar profundo”.

Pero cuando los Mutua no pueden pagarse el acceso al baño y a la fuente de agua, pagan a los vendedores ambulantes de agua, 8 céntimos por un contenedor de 5 galones (4.5 litros) de agua.  Este precio es 20 veces superior a lo que la compañía de agua local cobra por el agua en los mejores vecindarios, de acuerdo a un estudio reciente de Naciones Unidas.    Para usar el baño, Mutua paga a la escuela otro dólar por mes.  Cuando los Mutua no pueden pagar nada de lo anterior o es de noche y tienen miedo de subir en la oscuridad, Mutua dice que sólo les queda el recurso de los “baños voladores”.

Esta práctica es tan común que algunos grupos de ayuda internacional han lanzado una campaña de “Stop a los baños voladores”.  Han adoptado un logo y patrocinan carreras entre kenianos corredores de élite (maratón) para propagar el mensaje.

“Debemos parar esta epidemia de enfermedades en potencia que cae en la puerta de tu casa o como si fuera un felpudo, está en todos lados,” dice Riper Radula, un oficial que trabaja con la Fundación Africana de Investigación y Medicina, la cual trata a enfermos de cólera y enfermedades respiratorias.

La enfermedad es uno de los peligros de “mar profundo”.  Los ladrones merodean los caminos.  Caen sobre las presas que son generalmente mujeres jóvenes y como los dueños de las chabolas y los políticos, sacan lo que pueden.

Wahu tiene algunos chelines keniatas en una lata debajo de la cama y paga 15 céntimos por semana para que los protejan.  Ella también ahorra para pagar “wazee wa viriji”, en swahili, “agentes del jefe”.  Ellos llegan en nombre del administrador y recolectan las tarifas cuando los residentes hacen mejoras u obras en las chabolas. Wahu dice que los hombres del jefe tiran abajo la puerta de la casa o la pegan cuando no paga.  Cuando ven una biblia, blasfeman sobre ella, como diciendo que su Dios es débil.”si eres cristiano, ¿por qué vives como un perro?.

Incluso así, la vida es mejor de lo que era antes.

Cuando Wahu llegó aquí, su tejado estaba hecho de bolsas de plástico.  Hoy es de hojalata.  En otros tiempos, tenía que transportar el agua desde un grifo a unos kilómetros de distancia.  Ahora la fuente de la Iglesia está muy cerca.   Encima de la colina, un letrero que colgando de un hotelito de “mar profundo” proclama con orgullo: “Nuevo dueño”.  Es una chabola de barro como las demás, pero es un hotel, mantiene la tradición colonial de usar este nombre para un lugar que vende refrescos.  La propietaria, Margaret Wambugu tiene almacenadas unas botellas de refrescos y algunas hogazas de pan y verduras desechadas de los mercados más cercanos. “Karibu” les dice a sus clientes “bienvenidos”.

Al otro lado del “hotel” un local sin nombre vende “changaa”, una bebida fermentada de maíz, ácida.  Meter Wanjohi, el tendero, saluda a los clientes con la botella verde en la mano. “Kumi-kumi”? Wanhoji dice, usando la palabra swahili para la bebida.  Significa 10-10 porque un chupito generoso cuesta 10 chelines.  “Un chupito y estás bien el día”.

Abajo de la colina está la clínica que trata a los niños de piojos, rabia y enfermedades respiratorias, muy comunes porque el mundo respira la suciedad fecal.  La Iglesia Consolata de Nairobi, que instaló la fuente y el baño en el 2002, ha construido una guardería y un taller en donde algunos residentes pueden hacer zapatos y ropa que venden.

“Nos vamos a quedar” dice Peter Ndungu, uno de los trabajadores sociales de la Iglesia.  Tenemos que trabajar para hacer que sus vidas mejoren”.

Los residentes han empezado a defender sus mínimos derechos.  Hace dos años el administrador local del “slum” les dio permiso para empezar la construcción de más chabolas en un pedacito de tierra en lo alto de “mar profundo”, espacio que durante años fue usado por los niños, ahí jugaban.

Wahu, Mutua y otros se unieron para luchar contra la propuesta.  Alrededor de 150 residentes consiguieron reunir 500$ y fueron a una organización de caridad que da aviso legal a los promotores de las chabolas.  Lucharon contra los dueños de las chabolas durante meses.  Pidieron al gobierno e hicieron manifestaciones, incluso delante de las oficinas del Administrador local del “slum”.  Al final, pararon el proyecto de construcción de las chabolas y sigue siendo un terreno en donde los niños juegan. El terreno es estrecho pero suficientemente largo como campo de fútbol.

Las piedras sobresalen en la tierra roja.  En la estación seca, los vientos levantan polvo, y los niños tosen y se restriegan los ojos.  Cuando llueve, el agua corre colina abajo en “mar profundo”, llevando el barro y la basura a las chabolas de abajo.

Artículo original del periodista Davan Maharaj de Los Angeles Times traducido por nuestra compañera Silvia y otros.

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El sueño inalcanzable 10$! Un año de colegio.

La nota enviada a las casas de 922 estudiantes de Silwanetshe Primary School fue clara: O pagan o se van.

Al día siguiente, 500 niños por los cuales sus padres no podían pagar la tarifa de 10$ al año no fueron al colegio.  Cuando las clases empezaron, Mduduzi Mkhize de 11 años y sus hermanas, Precious de 10 y Zinhle de 8 sólo tenían que empujar la verja de hierro que separaba su casita de barro del patio del colegio.

“Ojalá estuviera allí”, Mduduzi, un niño de tercer grado que ama la aritmética y escribir,  les dijo a sus compañeros de clase mientras estos comenzaban el día con las oraciones de la mañana.

Una gran mayoría de niños en África están en la misma situación de Mduduzi y sus hermanas- atrapados al otro lado de la verja.  Muchos van al colegio esporádicamente.   Otros ni siquiera empiezan.  De 115 millones de niños en el mundo que no han estado nunca en la escuela el 40% viven en África, de acuerdo con el Banco Mundial.

Estos niños han sobrevivido las enfermedades, la guerra o la hambruna y han llegado a la edad escolar.  Pero por unos cuantos dólares al año nunca podrán ser educados.

La mayoría de los africanos viven con menos de un dólar al día, la escuela es un lujo que no pueden permitirse.  Después de alimentar a los niños, los padres han de estirar sus escasos céntimos para pagar ropa y otras necesidades básicas.  Incluso si consiguen ahorrar un poco de dinero para la escuela, han de escoger cuál de ellos recibirá educación.

Desde el final del apartheid en 1994, Sudáfrica ha promovido la educación como antídoto de la pobreza y el conflicto.  El gobierno gasta anualmente cerca de un 8% de la producción neta del país en educación- un porcentaje superior al de Estados Unidos o Inglaterra- y se reconoce que los colegios sudafricanos son los mejores del continente.  Pero incluso las escuelas públicas deben cambiar sus tarifas para permanecer abiertas lo cual excluye a miles de niños.  1/3 de los niños sudafricanos no pasan del quinto grado.

Mduduzi es demasiado joven para entender que la falta de escolarización lo mantendrá en lo más bajo de la sociedad.  Para él es mucho más simple: “echo de menos leer”, dice.  “Echo de menos aprender a escribir pero sobre , echo de menos a mis amigos”

Louis Mndaweni, director de Silwanetshe school entiende…  El fue una vez pobre como estos niños.

“Me parte el corazón tener que mandar a estos niños de vuelta a casa” dice.  “Pero si no ponemos en práctica las leyes, no tendremos dinero para seguir adelante con este colegio.  No habrá colegio al cual llevar a los niños de esta zona.”

La madre de Mduduzi, Eunice y su padre vienen de Willofontein, un pueblo al sur de Sudáfrica.   Hace unos años escaparon de la violencia política de su pueblo, a unos miles de kilómetros de distancia.  Eran tiempos de esperanza.  Sudáfrica acababa con la minoría blanca en el poder.  Los trabajadores de la construcción trabajaban los yacimientos del colegio de Silwanetshe, trabajar excavando en las capas de rocas fue lo que le dio su nombre, en zulu “luchando con la piedra”.

Se asentaron en una casa pequeña cercana a la construcción para que “los niños no tuvieran que caminar para llegar a la escuela”, recuerda Eunice Mkhize.  Construyeron una casa de 5×5 metros con barro y palos.

Pero la pareja pronto se dio cuenta que no podrían cultivar ni tener ganado en esa tierra rocosa.  No había más trabajo.  Hace tres años, el marido de Mkhize marchó a Johannesburgo en busca de trabajo, nunca más volvió.

Mkhize pidió ayuda a su hermana quien estuvo de acuerdo en llevarse a dos de los cinco niños, educarlos y cuidarlos como si fueran suyos.  Mkhize tuvo que elegir cual de sus hijos mandar con su hermana, ¿los mayores o los más pequeños?, ¿los hijos o las hijas?.  Al final, eligió a los hijos mayores, Nkhonzi de 16 y Mtoko de 14 años.  “Pensé que si a ellos les iba bien, me podrían ayudar algún día” explica.  “Las chicas se casan jóvenes y se van”.

Durante más de un año, cuidó a sus tres hijos pequeños con el salario que gana de almacenar planchas de madera en una fábrica cercana.  Pletermaritzburg, la capital comercial de esa zona.  Conseguía pagarse la tarifa del bus para llegar al trabajo, la escuela de los niños y la comida básica, aceite, azúcar y verduras.  Pero el trabajo se acabó hace ya dos años y no consigue encontrar un trabajo estable.  Y fue cuando Mndaweni, el director del colegio le mando decir que tenía que pagar por el colegio de los niños 10$ por Mduduzi y Precious y 5$ por Zinhle.  Les costaría 75$ más los uniformes: vestidos verdes para las niñas, pantalones grises, camisa blanca y jersey negro para Mduduzi y zapatos para todos.

Esta vez, Mkhize no pudo pagar.  El total por la enseñanza y los uniformes -100$- se alejaba demasiado de su alcance.  Alimentaría a la familia durante meses con este dinero.  “Quiero que mis hijos vayan a la escuela para que les vaya mejor que a mí” dice. “Pero la escuela no significa nada si no tienen nada que comer”.

Mkhize tuvo una reunión con Mndaweni y le dijo que su familia sobrevivía de trabajos esporádicos y la caridad de los vecinos.  Ayudas como arroz o judías de los vecinos era muchas veces, la única comida del día.  Mkhize sopesaba cuándo servirla, al mediodía o por la noche.  Comían tarde, para que los niños no se fueran a la cama con los estómagos vacíos.  El director del colegio fue comprensivo.  Le dijo que intentara pagar algo y no se preocupara de uniformes, los niños podrían ir a la escuela con ropa de calle.

Mkhize dijo que no.  Sus hijos sentirían vergüenza de su familia, pensó.  Además, aunque su hijo prefería ir al colegio, era suficiente mayor para trabajar.

El colegio de ladrillos rojos rodeado de docenas de chabolas, es el edificio más bonito en kilómetros.   Dentro sobre un suelo de azulejos rojos, filas de sillas y mesas nuevas se apoyan en las paredes de colores brillantes.

Pocos niños sudafricanos reciben $25.000 en libros de textos, material escolar del gobierno anualmente.  La escuela ha de aportar 10.000$ más, lo cual se emplea en seguridad.  Hay un guarda las 24 horas, un sistema eléctrico de seguridad y una pared de 3 metros de altura con alambre con púas, sin lo cual el edificio sería constantemente saqueado.

Cuando estaba al otro lado de la verja, Mduduzi quería ser profesor como “Mr. Mndaweni”, o trabajador social, como el que algunas veces le traía a su familia harina de maíz y azúcar.  Le fascinaba formar palabras con letras mayúsculas.  Todavía guarda un libro de ejercicios roto con filas de letras en mayúscula con su nombre.

Ahora, Mduduzi recoge agua de una fuente pública o utiliza una carretilla prestada para recoger tierra, con la que reforzar las chabolas de algunos vecinos a cambio de algún dinero extra.  El piensa que le podría ir mejor haciendo chabolas de barro para otra gente pobre.  “Creo que podría construir una casa entera”, dice.  “Es fácil.  Sólo necesitas barro, palos y saber hacerla.  Yo sé cómo”.

La única camisa que tiene, la lleva puesta – y la lleva del revés porque está rota.  Sus compañeros de clase, que deben tener dos pares de pantalones y de camisas, se ríen de él y bromean sobre su camisa y sus pies descalzos.  “Cuando lloro, no paro”, dice.  “Precious y Zinhle no lloran.  Son valientes”.

Todos ellos estarían mejor en la escuela.  Así que por la mañana, Mduduzi y sus hermanas, se encaraman al muro y colocan sus dedos debajo del alambre de púas y escuchan los rezos de sus ex-compañeros.   Después empiezan a cantar.  Las voces de los niños se mezclan al ritmo de una canción zulú triste y dulce en la que piden a Dios guiar sus vidas.

A algunos les sobresalen los dedos de los pies a través de los zapatos.  Otros no tienen zapatos.  “Ese era yo” dice Mndaweni.  Mndaweni no tenía zapatos cuando iba a la escuela primaria.  El también sabe de esperanzas que se esfuman.  Después de que su padre, un pastor itinerante perdiera su trabajo de la Iglesia de Cristo y su madre perdiera su trabajo, su familia no tenía con qué vivir.  Mi padre nos decía que no nos dejaría vacas o fortuna pero que se quedaría sin comer para asegurarse de darnos una buena educación .

De niño, Mndaweni soñaba con ser farmacéutico.  En la escuela secundaria le dieron plaza en la Universidad de Natal, pero no pudo pagársela y lo dejó al año.  Mndaweni se preparó para su segunda elección, esta vez con una beca para ir a un colegio de profesores.

Sabe que un graduado de su escuela puede no encontrar trabajo.  Incluso muchos de aquellos que terminaron la secundaria están sin trabajo como un 30%-40% de la fuerza de trabajo de los sudafricanos.  Pero Mndaweni piensa que todos los niños deberían tener una oportunidad.  Por eso le duele cuando tienen que pedir que le paguen a gente que no puede pagar.

El director abre su libro de asistencia de la lista de estudiantes y de los que han pagado.  Con frecuencia ofrece a los padres la tarifa gratis por la enseñanza.  Algunos aceptan, otro no, comoMkhize.

“Si obligamos a seguir las reglas, el 80% de los no estarían aquí”, dice.  “Muchos de ellos se van a la cama dos noches seguidas sin comer”.   Los profesores, hace poco, decidieron donar 1$ cada uno de su salario para que los estudiantes pudieran

Al otro lado de la verja de la escuela, Mduduzi y sus hermanas intentan comer.  Mduduzi planta unas semillas de maíz y con un instrumento de goma de la rueda de una bicicleta,  atrapa pajaritos amarillos que vienen a comerse las semillas, les quitan las plumas y los asan en la cocina de carbón.  Los ratones sufren un destino similar, excepto que sus pieles son guardadas como trofeos.

Los niños pasan el resto del día jugando delante de su casa.  Mduduzi coge un palo y lo utiliza como si fuera una tiza, y resuelve algunos problemas de aritmética en la arena.  “Cinco más cuatro, igual a nueve” canta para sí.  Escribe P-R-E-C-I-O-U-S en el suelo.

Más tarde, él y sus hermanas juegan “la búsqueda de estrellas” un juego muy de moda en el vecindario.  Mduduzi canta la canción de la estrella del hip-hop zulú,   Precious simula que es una reina.  Zinhle, es el público que los observa admirada.

Cuando la campana de la escuela suena por la tarde, todos se apresuran hacia la verja para ver a sus compañeros de clase salir un día más de la escuela.

Artículo original del periodista Davan Maharaj de Los Angeles Times traducido por nuestra compañera Silvia y otros.

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Creación del Colegio Profesional de Educadoras y Educadores Sociales de Madrid

Os dejo este comunicado de AMES donde nos animan a colaborar en la creación del Colegio Profesional de Educadoras y Educadores Sociales de Madrid:

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