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El sueño inalcanzable 10$! Un año de colegio.

La nota enviada a las casas de 922 estudiantes de Silwanetshe Primary School fue clara: O pagan o se van.

Al día siguiente, 500 niños por los cuales sus padres no podían pagar la tarifa de 10$ al año no fueron al colegio.  Cuando las clases empezaron, Mduduzi Mkhize de 11 años y sus hermanas, Precious de 10 y Zinhle de 8 sólo tenían que empujar la verja de hierro que separaba su casita de barro del patio del colegio.

“Ojalá estuviera allí”, Mduduzi, un niño de tercer grado que ama la aritmética y escribir,  les dijo a sus compañeros de clase mientras estos comenzaban el día con las oraciones de la mañana.

Una gran mayoría de niños en África están en la misma situación de Mduduzi y sus hermanas- atrapados al otro lado de la verja.  Muchos van al colegio esporádicamente.   Otros ni siquiera empiezan.  De 115 millones de niños en el mundo que no han estado nunca en la escuela el 40% viven en África, de acuerdo con el Banco Mundial.

Estos niños han sobrevivido las enfermedades, la guerra o la hambruna y han llegado a la edad escolar.  Pero por unos cuantos dólares al año nunca podrán ser educados.

La mayoría de los africanos viven con menos de un dólar al día, la escuela es un lujo que no pueden permitirse.  Después de alimentar a los niños, los padres han de estirar sus escasos céntimos para pagar ropa y otras necesidades básicas.  Incluso si consiguen ahorrar un poco de dinero para la escuela, han de escoger cuál de ellos recibirá educación.

Desde el final del apartheid en 1994, Sudáfrica ha promovido la educación como antídoto de la pobreza y el conflicto.  El gobierno gasta anualmente cerca de un 8% de la producción neta del país en educación- un porcentaje superior al de Estados Unidos o Inglaterra- y se reconoce que los colegios sudafricanos son los mejores del continente.  Pero incluso las escuelas públicas deben cambiar sus tarifas para permanecer abiertas lo cual excluye a miles de niños.  1/3 de los niños sudafricanos no pasan del quinto grado.

Mduduzi es demasiado joven para entender que la falta de escolarización lo mantendrá en lo más bajo de la sociedad.  Para él es mucho más simple: “echo de menos leer”, dice.  “Echo de menos aprender a escribir pero sobre todo, echo de menos a mis amigos”

Louis Mndaweni, director de Silwanetshe school entiende…  El fue una vez pobre como estos niños.

“Me parte el corazón tener que mandar a estos niños de vuelta a casa” dice.  “Pero si no ponemos en práctica las leyes, no tendremos dinero para seguir adelante con este colegio.  No habrá colegio al cual llevar a los niños de esta zona.”

La madre de Mduduzi, Eunice y su padre vienen de Willofontein, un pueblo al sur de Sudáfrica.   Hace unos años escaparon de la violencia política de su pueblo, a unos miles de kilómetros de distancia.  Eran tiempos de esperanza.  Sudáfrica acababa con la minoría blanca en el poder.  Los trabajadores de la construcción trabajaban los yacimientos del colegio de Silwanetshe, trabajar excavando en las capas de rocas fue lo que le dio su nombre, en zulu “luchando con la piedra”.

Se asentaron en una casa pequeña cercana a la construcción para que “los niños no tuvieran que caminar para llegar a la escuela”, recuerda Eunice Mkhize.  Construyeron una casa de 5×5 metros con barro y palos.

Pero la pareja pronto se dio cuenta que no podrían cultivar ni tener ganado en esa tierra rocosa.  No había más trabajo.  Hace tres años, el marido de Mkhize marchó a Johannesburgo en busca de trabajo, nunca más volvió.

Mkhize pidió ayuda a su hermana quien estuvo de acuerdo en llevarse a dos de los cinco niños, educarlos y cuidarlos como si fueran suyos.  Mkhize tuvo que elegir cual de sus hijos mandar con su hermana, ¿los mayores o los más pequeños?, ¿los hijos o las hijas?.  Al final, eligió a los hijos mayores, Nkhonzi de 16 y Mtoko de 14 años.  “Pensé que si a ellos les iba bien, me podrían ayudar algún día” explica.  “Las chicas se casan jóvenes y se van”.

Durante más de un año, cuidó a sus tres hijos pequeños con el salario que gana de almacenar planchas de madera en una fábrica cercana.  Pletermaritzburg, la capital comercial de esa zona.  Conseguía pagarse la tarifa del bus para llegar al trabajo, la escuela de los niños y la comida básica, aceite, azúcar y verduras.  Pero el trabajo se acabó hace ya dos años y no consigue encontrar un trabajo estable.  Y fue cuando Mndaweni, el director del colegio le mando decir que tenía que pagar por el colegio de los niños 10$ por Mduduzi y Precious y 5$ por Zinhle.  Les costaría 75$ más comprar los uniformes: vestidos verdes para las niñas, pantalones grises, camisa blanca y jersey negro para Mduduzi y zapatos para todos.

Esta vez, Mkhize no pudo pagar.  El total por la enseñanza y los uniformes -100$- se alejaba demasiado de su alcance.  Alimentaría a la familia durante meses con este dinero.  “Quiero que mis hijos vayan a la escuela para que les vaya mejor que a mí” dice. “Pero la escuela no significa nada si no tienen nada que comer”.

Mkhize tuvo una reunión con Mndaweni y le dijo que su familia sobrevivía de trabajos esporádicos y la caridad de los vecinos.  Ayudas como arroz o judías de los vecinos era muchas veces, la única comida del día.  Mkhize sopesaba cuándo servirla, al mediodía o por la noche.  Comían tarde, para que los niños no se fueran a la cama con los estómagos vacíos.  El director del colegio fue comprensivo.  Le dijo que intentara pagar algo y no se preocupara de comprar uniformes, los niños podrían ir a la escuela con ropa de calle.

Mkhize dijo que no.  Sus hijos sentirían vergüenza de su familia, pensó.  Además, aunque su hijo prefería ir al colegio, era suficiente mayor para trabajar.

El colegio de ladrillos rojos rodeado de docenas de chabolas, es el edificio más bonito en kilómetros.   Dentro sobre un suelo de azulejos rojos, filas de sillas y mesas nuevas se apoyan en las paredes de colores brillantes.

Pocos niños sudafricanos reciben $25.000 en libros de textos, material escolar del gobierno anualmente.  La escuela ha de aportar 10.000$ más, lo cual se emplea en seguridad.  Hay un guarda las 24 horas, un sistema eléctrico de seguridad y una pared de 3 metros de altura con alambre con púas, sin lo cual el edificio sería constantemente saqueado.

Cuando estaba al otro lado de la verja, Mduduzi quería ser profesor como “Mr. Mndaweni”, o trabajador social, como el que algunas veces le traía a su familia harina de maíz y azúcar.  Le fascinaba formar palabras con letras mayúsculas.  Todavía guarda un libro de ejercicios roto con filas de letras en mayúscula con su nombre.

Ahora, Mduduzi recoge agua de una fuente pública o utiliza una carretilla prestada para recoger tierra, con la que reforzar las chabolas de algunos vecinos a cambio de algún dinero extra.  El piensa que le podría ir mejor haciendo chabolas de barro para otra gente pobre.  “Creo que podría construir una casa entera”, dice.  “Es fácil.  Sólo necesitas barro, palos y saber hacerla.  Yo sé cómo”.

La única camisa que tiene, la lleva puesta – y la lleva del revés porque está rota.  Sus compañeros de clase, que deben tener dos pares de pantalones y de camisas, se ríen de él y bromean sobre su camisa y sus pies descalzos.  “Cuando lloro, no paro”, dice.  “Precious y Zinhle no lloran.  Son valientes”.

Todos ellos estarían mejor en la escuela.  Así que por la mañana, Mduduzi y sus hermanas, se encaraman al muro y colocan sus dedos debajo del alambre de púas y escuchan los rezos de sus ex-compañeros.   Después empiezan a cantar.  Las voces de los niños se mezclan al ritmo de una canción zulú triste y dulce en la que piden a Dios guiar sus vidas.

A algunos les sobresalen los dedos de los pies a través de los zapatos.  Otros no tienen zapatos.  “Ese era yo” dice Mndaweni.  Mndaweni no tenía zapatos cuando iba a la escuela primaria.  El también sabe de esperanzas que se esfuman.  Después de que su padre, un pastor itinerante perdiera su trabajo de la Iglesia de Cristo y su madre perdiera su trabajo, su familia no tenía con qué vivir.  Mi padre nos decía que no nos dejaría vacas o fortuna pero que se quedaría sin comer para asegurarse de darnos una buena educación .

De niño, Mndaweni soñaba con ser farmacéutico.  En la escuela secundaria le dieron plaza en la Universidad de Natal, pero no pudo pagársela y lo dejó al año.  Mndaweni se preparó para su segunda elección, esta vez con una beca para ir a un colegio de profesores.

Sabe que un graduado de su escuela puede no encontrar trabajo.  Incluso muchos de aquellos que terminaron la secundaria están sin trabajo como un 30%-40% de la fuerza de trabajo de los sudafricanos.  Pero Mndaweni piensa que todos los niños deberían tener una oportunidad.  Por eso le duele cuando tienen que pedir que le paguen a gente que no puede pagar.

El director abre su libro de asistencia de la lista de estudiantes y de los que han pagado.  Con frecuencia ofrece a los padres la tarifa gratis por la enseñanza.  Algunos aceptan, otro no, comoMkhize.

“Si obligamos a seguir las reglas, el 80% de los alumnos no estarían aquí”, dice.  “Muchos de ellos se van a la cama dos noches seguidas sin comer”.   Los profesores, hace poco, decidieron donar 1$ cada uno de su salario para que los estudiantes pudieran

Al otro lado de la verja de la escuela, Mduduzi y sus hermanas intentan comer.  Mduduzi planta unas semillas de maíz y con un instrumento de goma de la rueda de una bicicleta,  atrapa pajaritos amarillos que vienen a comerse las semillas, les quitan las plumas y los asan en la cocina de carbón.  Los ratones sufren un destino similar, excepto que sus pieles son guardadas como trofeos.

Los niños pasan el resto del día jugando delante de su casa.  Mduduzi coge un palo y lo utiliza como si fuera una tiza, y resuelve algunos problemas de aritmética en la arena.  “Cinco más cuatro, igual a nueve” canta para sí.  Escribe P-R-E-C-I-O-U-S en el suelo.

Más tarde, él y sus hermanas juegan “la búsqueda de estrellas” un juego muy de moda en el vecindario.  Mduduzi canta la canción de la estrella del hip-hop zulú,   Precious simula que es una reina.  Zinhle, es el público que los observa admirada.

Cuando la campana de la escuela suena por la tarde, todos se apresuran hacia la verja para ver a sus compañeros de clase salir un día más de la escuela.

Artículo original del periodista Davan Maharaj de Los Angeles Times traducido por nuestra compañera Silvia y otros.

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Creación del Colegio Profesional de Educadoras y Educadores Sociales de Madrid

Os dejo este comunicado de AMES donde nos animan a colaborar en la creación del Colegio Profesional de Educadoras y Educadores Sociales de Madrid:

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