Cambio mañana por comer hoy
Machete en mano, Baltire Baramo sale de su casa de barro antes de la cena y comienza a zurrar la base de un pequeño árbol, que puja por salir de la tierra, débilmente. El maíz que crece a su lado, lo hace igual. Un arbusto de café quiere salir de un pedazo de tierra árida que a cada paso levanta una polvareda.
Las raíces y ramas de una falsa platanera, llamada así porque no da plátanos – es todo lo que hay hoy para cenar. Batire convertirá esto en una masa, que ofrece muy poco valor nutritivo pero por lo menos callará el hambre de su marido y sus siete hijos. Cuando no haya ramas, hervirá la corteza. Cuando no haya corteza, buscará algo más. “Este lugar está maldito” dice Batire hablando del medio acre de la familia.
La vida de menos de un dólar al día, como la mayoría de los africanos vive, el logro sin fin por mantenerse vivo. En el cuerno de África, esta búsqueda raramente se satisface. Etiopía es uno de los cinco países más pobres del mundo y el recibidor de ayuda humanitaria más grande del mundo. Casi la mitad de la población de 67 millones está malnutrida. Cada año, millones dan la cara a la hambruna. Para los niños más pequeños la vida acaba en una muerte azul, triste.
Detrás de las estadísticas hay una cruel realidad que explica por qué el hambre es un problema tan difícil de resolver en África. Cuando la vida se consume en la supervivencia, el mañana se intercambia por llenar los estómagos hoy.
Los grupos de ayuda extranjera gastan mucho dinero dando de comer a la gente que se muere de hambre porque ellos nunca tienen lo mínimo para prevenir la próxima hambruna. Las causas del hambre en África, sequía, guerra, enfermedad, corrupción, la explosión demográfica, nunca terminan. Se destiñen durante los buenos tiempos para luego regresar implacable. Incluso en años buenos, cuando las lluvias vuelven a Etiopía los granjeros no tienen bastante maíz, papa dulce y otros cultivos para alimentar a sus familias. Batire nunca ha permitido a su platanera madurar y crecer para que le pudiera dar frutos. En su lugar, pela el árbol tan pronto como su familia necesita comer.
En los tiempos más duros, la gente come esporádicamente esperando que un día la búsqueda de toda la familia pueda darles algo más.
Cuando todo está acabado, el hambre busca la mano del gobierno o de los grupos de ayuda. Pero entonces, la enfermedad ya los está acabando. La deficiencia de proteínas trae consigo una enfermedad conocida como kwshiorkor, que condena a sus víctimas jóvenes a vivir sus últimos días marcados por los puntos azules, sus caras congeladas en expresiones de tristeza.
Si la enfermedad no nos mata, la sequía viene detrás a terminar el trabajo. Ella ha visto a media docena de niños del vecindario morir de esta forma. Y muchas veces los suyos se van a la cama con hambre. Batire se sienta atrapada, apoyada en la ventana de su casa de barro – sin fuerzas para alimentarlos y sin poder escapar a los lamentos por la comida.
La casa redonda, o tukul, que Batire y su marido, Ledamo Ataro, construyerpm cuando se casaron hace 20 años tiene el suelo duro y polvoriento de suciedad acumulada. En el hogar, el guiso falso de plátano hierve en una cacerola negra.
Su pueblo está al Sudoeste de Etiopía, tierra de granjas las cuales en buenos años de cosecha producen café para la multinacional Starbucks y otras marcas importantes en el mercado.
Pero el 2003 no fue un buen año. No llovió ni en febrero ni en marzo, y la familia no pudo plantar maíz, trigo y otras cosechas. Las lluvias del verano fueron esporádicas.
La cena es la única comida del día. Antes de comer, la familia da las gracias por lo que tienen. Ledamo- un hombre alto y viril que quizás ronde los 50 – es servido el primero porque necesita fuerza para ofrecerlas a su familia. Su mujer y niños comen lo que queda.
Batire que tiene 40, se seca el sudor de su cara con la puntas de un pañuelo azul que tiene puesto en su cabeza y resopla mientras da una vuelta alrededor de su pequeño jardín en las faenas diarias que no tienen fin. Las suelas de sus pies están resecas, cuarteadas y teñidas de suciedad.
El hijo mayor, Letimo tiene 15 años, es un chico musculoso. Pero sus hermanos están delgaditos y sus estómagos están hinchados lo cual muestra diferentes grados de desnutrición en sus cuerpos. Desde el mayor hasta el más pequeño, las extremidades se van haciendo más delgadas porque, en palabras de un trabajador social, “cuando comes de un plato común, el más fuerte come primero”.
Cada niño tiene una muda, lo que significa que mientras Batire les lava la ropa van desnudos. De los niños, Letimo es el único con un par de zapatos, un par de esclavas de goma rojas. Los niños nunca han estado en la escuela y probablemente nunca irán. Ledamo dice que no puede pagarla y comprar los uniformes del colegio. Además necesita que sus hijos busquen comida y le ayuden a cultivar sus cosechas.
En un año bueno, los Ledamo ganaban cerca de 4$ por mes, vendiendo productos en el mercado del pueblo. La familia gasta 4$ por semana para comprar semillas que no pueden crecer, aceite, sal y pimienta.
Aunque ellos luchan contra el hambre, los Ledamos están entre los miembros mejor situados de su comunidad. Tienen un buey que ara la tierra. Alquilan el buey a sus vecinos. El animal es tan valioso para ellos que comparte la casa con la familia por la noche, rumiando el poco pasto seco de los alrededores de su casa de barro. Los animales que viven afuera son presa de los ladrones y las hienas.
Nosotros no somos pobres, dice con orgullo Ledamo, “muchos de mis vecinos son más pobres que yo”. Incluso así, la comida es tan escasa que Ledamo y Batire pronto tendrán que decidir. Podrían vender el buey por 12$ y alimentarse y mantener a sus hijos alejados de los centros de emergencia que los trabajadores de Naciones Unidas han establecido en la región. Pero el dinero no sería suficiente más que para alimentarlos unos cuantos meses. Ellos estarían vendiendo su futuro alimento por alimentarse hoy. “Tenemos que alimentar a nuestros hijos o esta gente se los tendrá que llevar”, dice Batire, señalando al convoy de ayuda humanitaria de Naciones Unidas que pasa cerca de su casa, signo claro de que la estación del hambre ha llegado.
Ha habido tantas de estas estaciones para los etíopes que incluso otros africanos ya no les tienen pena. El periódico nigeriano “Daily Trust” presentaba a Etiopía como una vergüenza, una tierra de “no planeadores” de gente que no puede dominar el ciclo de la sequía y el hambre.
Las agencias de ayuda dicen que el hambre de Etiopía se lo auto producen ellos – como resultado del conflicto armado, la política de tierras, mal planeamiento y un elevado índice de natalidad. El Gobierno gasta millones en la guerra civil que tiene lugar en la frontera con Eritrea.
El alto índice de natalidad y las carencias de alimentos. Se prevé que en el año 2015, Etiopía tendrá 90 millones de personas – 23 millones más que hoy.
A diferencia de la mayoría de los etíopes, los Ledamo pueden regar sus tierras con las aguas del Lago Awasa, a unos cuantos metros de su casa. Pero Ledamo dice que si cava un canal de irrigación los hipopótamos saldrán del río y pisotearán o se comerán sus cosechas.
En otros lugares – como India, China y Latino América – los sistemas de irrigación han hecho realidad el cultivo de las cosechas. Pero menos del 7% de las tierras africanas es irrigado. En Etiopía es aun menor, sólo un 2%, incluso tomando en cuenta las tierras altas que constituyen 2/3 del total de corrientes de aguas provenientes del Nilo en su curso descendente desde Egipto. “Pero Etiopía no tiene suficiente dinero para financiar sus proyectos de irrigación” dijo el Primer Ministro Meles Zenawi en una entrevista. Los líderes temen que si Etiopía encuentra sus propias fuentes de agua, Egipto sufrirá las consecuencias.
La subsistencia de los granjeros etíopes que no son dueños de la tierra. Esta pertenece al estado. Las agencias de ayuda ponen en manos privadas y dan incentivos a los granjeros para mejorar la tierra y aumentar su eficiencia. Pero Meles dijo que eso sería otra forma de sacrificar su futuro: muchos granjeros venderían sus granjas que les darían un poco de dinero inmediatamente pero los alejaría de los medios de alimentarse más adelante.
A diferencia de los Ledamo, mucha gente se ha dado por vencida. Hay un dicho que afirma que a los etíopes ya no les importa si llueve o no en sus tierras con tal de que lo haga en Iowa (EEUU) y otras granjas del estado que proveen de comida a las agencias de ayuda humanitaria.
“Los etíopes saben que la ayuda humanitaria vendrá, que es sólo cuestión de tiempo”, dice Gazahegn Tadele, quien trabaja en Oxfam, un grupo de ayuda humanitaria británico. Pero muchas veces representa poco y llega tarde.
Los donantes también encuentran más fácil alimentar a los moribundos en lugar de crear pantanos y carreteras que podrían prevenir las próximas hambrunas.
“La gente dice “¿por qué pasa esto en Etiopía otra vez?, dice Meles, “pero la verdad es que los donantes prefieren ver su dinero dando de comer a las víctimas de la hambruna – en lugar de gastar el dinero en proyectos menos visibles que traten la raíz del problema de la pobreza”. Las víctimas más jóvenes, algunas de ellas llevadas por sus padres caminan hasta 30 kilómetros y llenan las estaciones de ayuda humanitaria – grandes campos con tiendas de campañas llenas de cuerpos malnutridos y semidesnudos. Los Ledamo esperan no tener que ir a estos lugares.
Batire y Ledamo se levantan cada mañana preguntándose una vez más si habrá algo que comer hoy. Desde hace dos noches, la familia ha marchado a la cama sin comer. Al principio de la semana, tuvieron la última cena de plátanos falsa mezclada con corteza. Su hija, Maskal de 7 años adelgaza vertiginosamente. Esa mañana, Batire y Ledamo han decidido vender su buey. Pero más tarde, Ledamo hace un descubrimiento increíble. Sacando las raíces de una planta de maíz seca, descubre algunas papas dulces grandes enterradas como un tesoro bajo la tierra. Ledamo llama a su mujer contándole su hallazgo, ha encontrado la cena de hoy. Dios les ha sonreído, dice.
Batire tiene una idea diferente. En lugar de comer las papas, las venderá. Si hace 60 céntimos, podrá alimentar a su familia durante unos días. Ellos podrían incluso comprar harina para hacer injera, el pan que les encanta a los etíopes.
Batire coloca el hallazgo en un recipiente delante de su casa y espera a los clientes. Pronto, algunos vecinos le compran por 15 céntimos un cuarto de las papas dulces. Pasan las horas y…. una mujer que lleva a su hijo hambriento en la espalda y su hija de la mano, pide comida. Batire lo piensa unos instantes y le da tres papas dulces.
“Cuando eres madre, sabes lo que es sufrir” dice. “Sabes lo duro que es cuando tienes a tus hijos muertos de hambre”
Batire ha empezado a perder la esperanza de vender su producción cuando llegan unos hombres en un carro tirado por burros y compran las que le quedan. Contenta, recoge su pequeña fortuna y se apresura a entrar y contarle a Ledamo y sus hijos. Con 65 céntimos en sus manos. “Hoy, hemos sido bendecidos”.
Nota: No conozco el origen de este texto ya que me ha llegado en Word, si alguien lo conoce por favor decídmelo.
Artículo original del periodista Davan Maharaj de Los Angeles Times traducido por nuestra compañera Silvia y otros.
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Información Bitacoras.com…
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Silvia (maridadi) says:
Domingo, enero 24, 2010 at 5:26am
Hola!
Si conozco este artículo, lo traduje conjuntamente con otros hace ya unos años, es del periodista Davan Majarah de Los Angeles Times. Asimismo tengo los otros:
“El sueño inalcanzable, un año de colegio”, Sudafrica
“Kiuva y Mama Rosa” Congo
“Mar profundo” Kenya
“Trabajo a tiempo completo por la supervivencia”, Goma
“Una vida medida en gramos” (sida), Kenya
“Se vende ropa de segunda mano, barata, de hombre blanco muerto”
Si quieren, los envio.
Besos desde Kenya!! Silvia
Rafa says:
Martes, enero 26, 2010 at 1:52pm
Gracias Silvia, no recordaba el autor ni quién los envió, los tenía publicados en nuestra antigua web y quería recuperarlos para el blog porque me parecen excelentes.
Tengo el resto y en breve los publicaré poco a poco.
De nuevo muchas gracias…
saludetes!